POR FRANCISCO BÉJAR
Septiembre 19 de 2014
El
uso de las imágenes diferenció al Cristianismo medieval de las dos religiones
monoteístas de la época –el judaísmo y el Islam–, y a su vez el icono se confirmó como el estandarte del catolicismo romano que confirmaba su poder imperial en
Occidente. De esta manera la Iglesia hizo de las representaciones visuales su
señal particular de identidad,[1]
justificando el papel de la imagen en el
culto como benéfica bajo dos conceptos básicos al explicar que los iconos y
programas visuales incitaban a conocer, rememorar y reproducir el ejemplo de
los mártires y santos; y en segundo término argumentaba que la contemplación de
las escenas santas de una manera visibles facilitaba alcanzar un estado mental
y espiritual óptimo, propiciando así el clímax místico.[2]

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