sábado, 27 de septiembre de 2014

TODO Y SIEMPRE, CASI Y QUIZÁS


POR BLANCA VILLALPANDO

FOTO: FACEBOOK, DIÓGENES EL PERRO, SEBASTIÁN PORTILLO
Libro de textos breves de Caliche Caroma, pseudónimo tras el que se oculta -y quizás ríe- Carlos Rojas. Contiene en sus 60 páginas, tamaño media cuartilla, una buena cantidad de textos que se podrían calificar como crónicas ficticias o ficciones reales. Todas ellas trabajadas en un tono áspero, roñoso, oxidado; a veces melancólico, a veces crítico. Arremete contra la clase política y poética, principalmente; aunque no deja fuera los señalamientos en contra la sociedad.
Se advierten en sus páginas, restos, residuos, infecciones contraídas por el trato frecuente con escritores de la calaña hermosa de Bukowski, Kerouac, Ginsberg, Bolaño, o Santiago Papasquiaro. Esto en los modos irreverentes del discurso y en los temas que aborda: lo inmediato, lo cotidiano de una ciudad caótica, lo que nos sale al paso en el camión, en cualquier plaza pública, en cualquier cantina de Morelia (o de cualquier otra ciudad en México).
Carlos, Caliche, ha conformado un estilo metiendo en una licuadora a filósofos inefables junto al chavo del ocho, anuncios de Radio Ranchito revueltos con ciencia ficción, crítica condimentada con sabroso cachondeo, enchiladas placeras, perros epicúreos y cínicos, eyaculaciones mentales y búsqueda alcohólica de la iluminación espiritual. ¿Autobiográfico? Todo texto tiene algo de autobiográfico, en tanto que es el resultado de una experiencia vital, de la asimilación y digestión de todo tipo de encuentros y contusiones que nos ofrece la realidad. Así lo afirma Caliche Caroma en la genuflexión verbal número 16: He aprendido más en el transporte público que en la escuela.

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